El lago de los cisnes

Imagen tomada de Pixabay

Un jab le dio casi sin fijarse, desgonzado el puño, pero certero. Más para distanciarlo que para preocuparlo. Y el Cisne Romero se fue a la lona. Y el Finadito Galíndez, como le decían ahora, que no se lo podía creer porque apenas había sido un roce, una caricia casi. Y porque si alguien tenía que besar la lona era él, que estaba viejo, lento, distraído y andaba por las últimas.

Entonces miró primero al referí y le pareció extraño que disminuyera la velocidad del conteo. O que siguiera contando con disimulo después del diez para que no se notara mucho la farsa de opereta, el fiasco de velada boxística que estaba resultando la pelea.

Luego miró a su esquina. Le pareció ver al entrenador Zegarra, que había apostado incluso en su contra, con la toalla lista terciada en los hombros, mesándose los cabellos en un simulacro de desespero que le pareció exagerado. Como si el noqueado fuera él. Un silencio expectante se levantó de improviso y recorrió las gradas. Era de no creer que con esa manera grácil que tenía de moverse por el cuadrilátero, el Cisne Romero hubiese encajado mal un golpe tan fácil y predecible.

Era como si el tiempo amenazara con detenerse. El aire era cada vez más denso porque alguien había apagado los ventiladores del techo. Las paletas perezosas como rémoras daban sus últimas diez vueltas. Nadie se atrevió a moverse. Todos pendientes del Cisne Romero. De su lento gateo sobre la lona. De la escalada como a tientas de ciego por las cuerdas del cuadrilátero con las manos. Del movimiento torpe de su cabeza a los lados para espabilarse.

Sujeto a la última cuerda, los asistentes a la pelea vieron extrañados cómo el Cisne juntaba los talones con los pies apuntando hacia afuera formando un ángulo de cuarenta y cinco grados con su cuerpo. Luego erguía la espalda y, finalmente, con la cabeza alta y alineada, le confirmaba al referí que estaba en condiciones de continuar con la pelea. El vitoreo fue unánime. El propio Zegarra, con embeleso de enamorado, aplaudió a rabiar. Era todo un privilegio, incluso para los más enconados y fervientes seguidores del deporte de las narices chatas, que el Cisne volviera a las fintas, al juego de cintura, al bamboleo garboso del asalto anterior. Otra vez, fluido y dramático, como una vedete alrededor del cuadrilátero, el Cisne Romero bailaba al compás sordo de un clarinetista amante del boxeo que en una de las gradas interpretaba un solo del “Lago de los Cisnes” de Tchaikovski.

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