El hombre que lee, sentado en la banca del pórtico del hogar geriátrico, repasa lo que le queda de la novela. Alarmado, cuenta las cinco hojas que lo separan de la palabra FIN. Como una incitación a posponer el desenlace de la trama, un ramalazo de viento pega contra las hojas y lo devuelve a la línea final del capítulo que acaba de leer.
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Muñecas de biscuit – Andrés Alonso
"...Tan pronto le abrió la puerta, tía Betina se quitó las gafas como hacía cada vez que quería ver de cerca. Sin el antifaz de sus gruesos lentes verdes, el ojo apocado se hizo más patente y menos risible. Era un feo costurón que le atravesaba el ojo como un estigma. La tía había nacido con un lunar que le cubría toda la cara. El otro ojo abierto la escrutaba con recelo, desmesuradamente, casi desafiante. No la saludó. La miró de arriba abajo, deteniéndose primero en la elegancia de la pamela que ofreció colgar en la percha, luego en los pliegues de su vestido y, por último, en los botines charolados. Cuando se dio por satisfecha, tía Betina dejó escapar una media sonrisa. Le franqueó el paso. Cerró a su espalda la puerta de vitral del zaguán. Se caló las gafas sin modular palabra. Al final, le entregó la llave y la depositó en el primer escaño de la escalera en caracol que conducía al desván..."
Así. A secas…
Me llamó Andrés Alonso. Así. A secas. Acabo de cumplir cincuenta años y creo que es el momento para las confesiones: mi segundo nombre es Eugenio y soy escritor...